8 ene 2011

Fran


Había una vez un pescador que guapo, guapo, no era. Tampoco atractivo. No sé. A lo mejor lo que tenía era carisma. El caso es que ya llevaba un tiempo metido en el negocio de los percebes. Todos los día madrugaba tanto que ya no sabía que hora era, se agarraba a las rocas con mucha fuerza y nunca, nunca, nunca, dejaba que una ola le llevase mar adentro. Era muy sacrificado, pero la recompensa era directamente proporcional. Pero un día le hablaron de los boquerones. Los boquerones eran una pesca facil. Tirar la red, recoger la red. Dinero facil, inmensamente menor, pero facil. Un día que no le apetecía madrugar probó a pescar boquerones. Desde entonces no hace otra cosa, a parte de echar muchísimo de menos los madrugones, los neoprenos y las sacudidas marinas, y arrepentirse de no sacar la fuerza de voluntad necesaria para recuperar su anterior vida dura y feliz. La putada de elegir los boquerones y renunciar a lo que te da la vida.

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Y en medio de la tormenta, me vi a mi, de
pie, observándola.